Cueva de La Camareta, 15 de junio de 2019


La cálida noche de primavera estaba acompañada por una suave brisa que rebajaba la sensación de calor en el embalse de Las Camarillas, en Albacete. La historia de que en las últimas semanas habían muerto allí tres muchachos había dado la vuelta ya a toda la comunidad, y pese a las medidas de seguridad —escasas, para qué negarlo— de la policía local, y las advertencias de los vecinos de Hellín, Juanjo había decidido echar un ojo a la zona. 

—¡Seguro que es La Encantada! —decían los más jóvenes, aquellos temerosos de las leyendas locales.

—¿La Encantada? Paparruchas, todo el mundo sabe que solo aparece en la noche de San Juan. ¡Seguro que son los lobos!

¿Lobos? ¿Qué lobos? ¡Si allí nunca hubo! ¿Y qué era eso de La Encantada? Cuentos de viejos para asustar a los niños y que no se acercaran al embalse, estaba más que seguro. ¿Qué peligro podía haber en un lugar donde todos los jóvenes iban en verano a observar el paisaje, a hacer picnics y a mojarse los pies en el embalse? ¡Ninguno! Además, ese paraje, de noche y con el cielo tan despejado de aquel día, seguro que era una gozada digna de ver.

A su alrededor tan solo el viento aullaba de manera suave, meciendo los arbustos que poblaban la colina sobre la que se levantaba la cueva. Equipado con su mochila llena de provisiones, su móvil y su linterna —la cual usaba, por supuesto, para poder ver el terreno por el que ascendía—, nada podía salir mal. Además, llevaba un taper lleno de carne al horno con patatas y zanahoria que le había hecho su madre el día anterior. Solo le faltaba una novia a la cual llevar allí arriba para pasar una noche perfecta y con un final de traca. Lástima que su última pareja lo dejase un mes atrás.

Cansado del ascenso, se detuvo al llegar a los pies de la enorme estructura, quedándose sin habla: en primer lugar porque era espectacular, mucho más grande lo que había pensado, y en segundo lugar porque no había manera de entrar allí dentro. ¡Joder! Él que tenía pensado pasar la noche bajo techo… Suspiró, paseando la luz por los monumentales arcos que daban acceso a la cueva, antes de bajar la linterna para admirar el cielo despejado. La luna, en lo alto, se veía más grande que en la ciudad, y las estrellas parecían brillar con una intensidad casi mágica. ¿Por qué en la propia Albacete eso no sucedía? El cielo de la ciudad era oscuro, con apenas tres o cuatro estrellas titilando al lado de la luna. Y sin embargo, allí, era como ver un millón de farolillos surcando un manto negro para acompañar a la dama de la noche. Y no solo eso, sino que al girar sobre sí mismo, fascinado por la visión, quedó prendado al dar con una enorme estela, como una colorida y luminosa autopista en el propio cielo. ¿Sería ese el camino de las almas del que hablaban tantas leyendas?

—Tengo que sacar una foto —se dijo, quitándose la mochila para poder sacar su móvil. No sabía si la cámara captaría del todo la belleza de ese cielo, pero al menos que no se dijera que no lo había intentado. 

Desbloqueó la pantalla, chasqueando la lengua al ver que no tenía ni una simple raya de cobertura, y tras abrir la cámara, alzó el aparato al cielo para lanzar unas cuantas fotografías en modo nocturno. Cuando vio el resultado se sintió desilusionado: con su móvil apenas se veían unos pocos puntos de luz sobre un fondo negro. La preciosa y colorida autopista nocturna, en sus fotografías, parecía la boca del diablo iluminada por unas cuantas velas demoníacas.

—Qué asco —se dijo, resoplando antes de volver a guardar el móvil.

Fue entonces cuando el viento pareció llevar hasta él la voz de una mujer cantando una suave balada antigua. Su sonido, casi celestial, enseguida atrajo su atención. Miró a su alrededor, volviendo a alzar la linterna, pero no dio con nada, solo con la oscuridad. Por un instante pensó que la voz podría venir del interior de la cueva, pero cuando iluminó las arcadas con la luz, todo seguía tan oscuro y solitario como cuando llegó. No, no venía de allí, estaba seguro, porque además, estando tan cerca, se escucharía más alto. Entonces… ¿de dónde?

Curioso, decidió intentar seguir la voz, buscar el lugar del que provenía. Y a medida que descendía hacia el embalse, con cuidado de no caer rodando por la ladera, la voz parecía hacerse más clara. A veces parecía llamarle, otras, cuando desaparecía, conseguía hacer que se sintiera vacío. ¿Quién demonios estaba allí?

Y por fin, media hora después y tras haberse caído en varias ocasiones por pisar mal durante la bajada y atender más a la voz que al terreno, la vio. A orillas del embalse había una delicada figura sentada. El agua, mecida por el viento de la noche, lamía la punta de sus pies con timidez mientras la muchacha, que seguía cantando, cepillaba su cabello. Embelesado por la visión, Juanjo decidió acercarse con pasos tranquilos pero no muy silenciosos: lo último que quería era asustar a la chica. En cuanto estuvo a pocos metros de la figura, esta se giró de golpe hacia él, provocando que Juanjo se quedase paralizado ante la visión cuando al luz de la linterna la iluminó: era preciosa. Tenía unos ojos grandes y del color del mar enmarcados por unas gruesas pestañas negras. Su rostro, de piel pálida y delicada, estaba sonrojado y adornado por unos gruesos y apetecibles labios sobre los cuales se reflejaban los destellos de su linterna. Su cabellera, negra como el ébano, caía sobre uno de sus hombros hasta rozar la parte baja de su pecho, voluptuoso y cubierto por lo que parecía un fino camisón blanco. ¿Qué hacía allí, sola y a esas horas, una muchacha como ella? ¿Por qué parecía tan tranquila a pesar de estar a varios kilómetros de la civilización? Abrió la boca, dispuesto a preguntar algo, pero cuando la chica pareció relajarse y le sonrió, Juanjo volvió a quedarse sin habla. ¿Podía existir en el mundo una criatura tan hermosa como ella?

—S-siento haberte asustado —dijo por fin, irguiéndose y apartando la luz de ella, apuntando hacia el suelo que los separaba a ambos—. Te escuché y…

—No me has asustado. Te esperaba. 

¡Dios, hasta su voz era hermosa! Ver de nuevo su sonrisa provocó que él mismo sonriese, encantado, hasta que se dio cuenta de las palabras de la chica. ¿Le estaba esperando? Entonces ella, antes de que Juanjo pudiera preguntar, soltó una risita tan delicada como el sonido de unas campanillas y ladeó la cabeza, volviendo a cepillar su cabello con un peine de oro que, en sus delicadas manos, parecía brillar con luz propia.

—Te he visto subir a la cueva.

—¡Oh! Claro… respondió él, carraspeando y acercándose un poco más, atraído por la mirada de la chica, que no apartaba sus grandes ojos de él—. Esto… ¿cómo es que estás aquí? ¿Vives… vives cerca?

—Más o menos —respondió, parpadeando con un aleteo coqueto y una nueva sonrisa que le dejó sin habla. Ahhhh, ¿cómo podía estar allí, al lado de alguien como ella? ¿De verdad esa belleza estaba hablando con él?

—Ya veo. 

¿Es que era tonto? ¿No era capaz de decir nada más? No, claro que no, la mera presencia de esa muchacha le había dejado obnubilado, como si estuviera metido dentro de un sueño y en su cerebro se hubiese asentado una espesa nebulosa. De hecho, se sentía flotar. ¿Era eso posible? No, seguro que eran imaginaciones suyas, claro que sí. ¿Sería lo que llaman amor a primera vista?

—Me… me llamo Juanjo —se atrevió a decir al final. La muchacha sonrió entonces y, por un instante, dejó de cepillarse el pelo y miró hacia el agua. Aquello preocupó al chico y dio un nuevo paso hacia ella. Parecía, de repente, avergonzada.

—Juanjo, ¿puedo…? —Negó con suavidad, como quitándole importancia.

—Dime, por favor —instó el muchacho, acuclillándose a su lado.

—¿Puedo pedirte un favor? —Su mirada de reojo y un nuevo aleteo de sus pestañas hizo que el muchacho tragase saliva y asintiera sin poder abrir la boca—. Al venir me he hecho un poco de daño en un pie. Me senté a descansar, pero ahora no puedo levantarme y me gustaría mojarme un poco las piernas en el agua. ¿Podrías ayudarme? Seguro… seguro que si camino un poco en el agua, podré volver a casa.

¡Por dios, esa mirada de súplica que le había echado casi le provocó un infarto! Juanjo asintió, dejando la linterna a un lado y la mochila en el suelo para acercarse un poco más a la chica y agacharse a su altura. Ella, agradecida, rodeó su cuello con los brazos, dejando que el chico la levantase como si de una princesa se tratase. Su cuerpo era liviano y su piel estaba fría a pesar de que la temperatura de esa noche era agradable y cálida. Pero no le dio mucha importancia: su tacto era delicioso.

Con ella en brazos, dio unos cuantos pasos tras quitarse las deportivas con sus propios pies —estaba tan centrado en ella que se le había olvidado quitárselas antes—, adentrándose en el embalse. La humedad y el frescor del agua le hicieron temblar un poco, pero no pensaba echarse hacia atrás. Miró entonces a la chica, la cual tenía aún la vista puesta en él.

—Eres todo un caballero, Juanjo —le dijo, de forma melosa, mientras rozaba su mejilla con una de sus delicadas manos, trazando con sus dedos el contorno de su mandíbula—. ¿Qué es más hermoso? ¿Mi peine de oro, o yo? —susurró en su oído, dándole un leve mordisco que consiguió que todo su cuerpo temblase de excitación.

—T-tú, por supuesto —consiguió responder.

—Respuesta correcta.

Su delicada risa volvió a alzarse, rozando su oído, y cuando se separó de él, algo había cambiado: sus ojos ya no eran azules, y ni siquiera tenían el globo ocular blanco, sino que eran negros, como dos pozos sin fondo y su piel pálida estaba empezando a adquirir un tono más oscuro. Se quedó paralizado, sobre todo cuando una lengua de serpiente, que salió de esos gruesos y apetecibles labios, lamió los suyos. Su risa se volvió entonces cruel y el agarre de sus brazos una prisión de la que supo que no saldría nunca.

—Los hombres sois tan tontos —dijo, con esa misma voz melosa que antes, solo que con un deje mucho más frío y burlón. Se bajó de sus brazos, pero sin soltarle, pegándose a él, dejando que Juanjo sintiese cada una de sus curvas apretadas contra su torso. Intentó moverse, pero algo lo tenía paralizado, una fuerza que lo mantenía, de repente, anclado al suelo y a ella misma. No se había dado cuenta de ello, pero la chica, el ser o lo que fuera, era tan alta como él—. Es tan fácil atraeros a la perdición.

Cuando Juanjo cerró los ojos y expiró su último aliento, lo hizo con una sonrisa de oreja a oreja mientras el agua mecía su cadáver, solitario, uniéndose al grupo de muchachos asesinados por La Encantada.

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