A pesar del cansado viaje y del madrugón, Nacho no tenía nada de sueño. A las once habían apagado todas las luces y por el silencio sepulcral que había en la casa era obvio que sus compañeras estaban durmiendo, y que hasta el robot —o bueno, el alma que lo habitaba—, había decidido quedarse calladito y quietecito. Supuso que Sarah y Sonia habían acabado por convencerle de que las noches son para descansar, aunque él, sin cuerpo físico real, no pueda hacerlo. Desbloqueó por enésima vez su móvil, abrió WhatsApp para ver si su hermano le había contestado tras dos minutos sin mirar las notificaciones, y al ver que no lo había hecho, suspiró, llevándose la mano a la frente. Por norma no era tan impaciente, pero no poder pegar ojo hacía que el tiempo se pasase mucho más lento.

Bzzzz.

La vibración del móvil sobre su pecho hizo que se incorporase en la cama, quedándose a cuadros al ver el nombre de Neftis en la pantalla. Le había mandado un WhatsApp. Ella. De manera inconsciente, se dibujó una sonrisa en su rostro y abrió el mensaje.

«¿Aún despierto? Pensé que estabais de misión».

Se mordió el labio inferior, comenzando a teclear todo lo rápido que pudo para contestar a la sacerdotisa.

«Insomnio. Ya sabes, la luna me llama».

Se sintió un poco tonto tras enviar el mensaje. ¿Pillaría la broma? Sí, claro, ella sabía que era un licántropo, habían ido juntos a algunas de las clases y tutorías en El Tribunal, así que no había secreto alguno sobre sus respectivas naturalezas.

«Jajajaja. ¡Ten cuidado no aulles y despiertes a tus compañeras!».

La luz del móvil iluminó la amplia sonrisa que brotó de sus labios al leer el mensaje de la muchacha. Ojalá hubiera podido escuchar esa risa, seguro que era tan fina y delicada como la melodía de un arpa. Fue a contestar, pero vio que la sacerdotisa estaba escribiendo, así que decidió esperar su nuevo mensaje.

«Yo cuando no puedo dormir, me hago una infusión y me siento a leer».

«Yo suelo tomar una taza de leche caliente y veo alguna serie en Netflix».

«¿Qué estás viendo ahora?».

«Ahora, ahora… nada, porque estoy en la cama. Pero si te refieres a últimamente, estoy viendo La Casa de Papel».

«Yo estoy con Stranger Things. ¡Me encanta!».

«Yo la tengo pendiente».

Se quedó unos instantes parado. Le encantaría poder pedirle tomar algo y hablar de series. Por WhatsApp era capaz de hablar con ella y de bromear sin problemas, pero cuando la tenía delante había algo que le bloqueaba por completo. No sabía si eran sus preciosos ojos, el aura mística y dulce que la rodeaba, su aroma o su belleza casi celestial, pero se ponía tan nervioso que hasta balbuceaba. ¿Y cómo iba a hablar con ella de cualquier tema si apenas era capaz de saludarla.

«Cuando la veas la comentamos, ¿vale? Y ahora a dormir, que aunque la luna te llame, las almas perdidas te necesitan más».

El último mensaje de Neftis consiguió que su corazón diese un bote de alegría. ¿Cómo era posible que aquella chica lo tuviera todo? Dejó escapar un suspiro y respondió.

«Sí, señorita. A las dos cosas. Bueno, eso, voy a dormir. Buenas noches, Nef».

«Buenas noches, Nacho».


♥♥♥


Aunque hasta bien entrada la tarde no cogerían el coche para ir a la cueva, Sarah se despertó temprano, cuando el reloj apenas daban las siete de la mañana, y tras hacerle una señal a Agapito para que la siguiera sin despertar a Keira, ambos salieron hacia el salón, donde la noche anterior había dejado todos los aparatos listos para ponerlos a punto. Sabía que sus compañeros iban a estar durmiendo hasta tarde, así que tenía vía libre para poder preparar todo el equipo. No era que no se fiara del resto de alquimistas y técnicos, de hecho salvo cuando salía de misión, ella era una de las encargadas de preparar todo el arsenal para el resto de los grupos de acción, pero a Sarah le gustaba hacer las cosas a su manera: los equipos los había construido ella misma, al igual que parte de las armas y, por supuesto, los compuestos alquímicos que solían utilizar para las armas de fuego o para impregnar algunas hojas o flechas. Todo lo fabricaba ella para que fuera lo más preciso posible y para, además, darle su toque personal.

Apartó la mesita que había delante del sofá, acercó entonces al mismo todos los aparatos y sacó su cinturón de herramientas, el cual desplegó encima de los cojines, a su lado, bajo la atenta mirada de su robot.

—¿No lo miraste todo antes de salir? —preguntó el pingüino, acercándose hacia ella con curiosidad mientras Sarah conectaba la cámara térmica, iluminándose la parte trasera de la cabeza de un pingüino, donde tenía la pantalla, a la vez que el pico del mismo se abría para sacar la lente de la cámara.

—Sí, pero con el viaje se puede haber soltado alguna pieza —contestó levantándose, empezando a caminar por toda la sala, acercándose a las habitaciones para comprobar las temperaturas de sus compañeros, y luego apuntando, por último, al robot, que permanecía quieto al lado de todos los aparatos, mirándolos con cara de asco—. Como toques algo y lo rompas, te juro que te desarmo y solo estarás atado a una tuerca que tiraré por el retrete.

—Eres todo alegría cuando se trata de tus aparatos —ironizó el robot, acercándose hacia la chica—. ¿Y bien?

—La cámara está perfecta. —Asintió, volviendo a su sitio para continuar con la revisión del equipo tecnológico.

No tardó demasiado pues, tal y como había dicho su robot, lo había calibrado todo al milímetro antes del viaje, así que respiró tranquila y se levantó para abrir la caja de municiones, sacando de allí diferentes tipos de balas, vacías por dentro, para hacer las mezclas pertinentes.

—Agapito, ven aquí.

—¿Cuántas veces te he dicho que no me llamo Agapito, niña? Soy Elías Pardo Corsario, un comercial de…

—Vives en mi robot, y mi robot se llama Agapito —le cortó Sarah, lanzándole una fiera mirada por encima de las gafas de aumento antes de esbozar una amplia sonrisa que al robot no le gustó en absoluto—. Me remito a la misma amenaza de antes. A Sonia no le importaría librarse de ti.

—Joder, ya podrían haberme dejado en esa discoteca disfrutando de las vistas de las chicas borrachas —farfulló el pingüino justo antes de que un destornillador impactara contra su cabeza—. ¡Au! ¡Eso es abuso de autoridad, niña!

—Cierra el pico y ven aquí, que tengo que llenar estas balas con lo que tienes en la nevera.

El pequeño robot soltó lo que parecía un resoplido y se acercó, dejando que Sarah toqueteara su panel de control para abrir el compartimento nevera que guardaba en su interior, justo en el pecho. Cuando este se deslizó hacia fuera, dejando escapar una bruma helada que consiguió que la alquimista temblase ligeramente, comenzó a sacar varios pequeños botes, con líquidos de diferentes colores y consistencias, los cuales fue depositando a un lado con sumo cuidado.

—¿Cómo sabes qué usar si no sabéis a qué os enfrentais? 

—Enfrentamos, Agapito, que tú formas parte del grupo. —Sarah sonrió, esa vez de manera más encantadora, antes de ponerse bien las gafas de aumento y colocarse los guantes protectores—. No tengo ni idea de qué usar, así que prepararé un par de cada por si acaso. Además, he traído para hacer pequeñas bombas de fuego de dragón, y tengo un pequeño bote de veneno de hidra que nos han cedido los del Círculo de Magia de Madrid, así que si es una criatura, con eso lo podemos aturdir o herir. Y en caso de ser un fantasma o un demonio, tenemos agua bendita, bombas de sal, y armas de hierro.

—¿Y plata? Porque la plata hace daño a los licántropos, ¿no? Aunque a lo mejor al niñato le molesta hasta olerla.

—No te metas con Nacho, idiota. —Esa vez Sarah se contuvo y no le lanzó nada al robot, sino que siguió atenta a rellenar las pequeñas cápsulas de las diferentes armas—. Lo que está matando no es un licántropo. 

—Demonio, fantasma, licántropo,... todo es la misma mierda. Esas cosas son aberraciones de la naturaleza. 

—Y lo dices tú, que eres un fantasma pervertido atado a un robot en forma de pingüino. —Sarah y Agapito se giraron al escuchar la voz algo adormilada de Sonia, que los observaba con los claros ojos ligeramente entrecerrados—. ¿Has desayunado, Sarah? —Al ver que las mejillas de su compañera se ponían tan rojas como la grana, el hada puso los ojos en blanco y fue hacia la cocina—. Ya te lo hago yo. Pero que sea la última vez.

Tanto Sarah como Sonia sabían que ni de lejos aquella sería la última vez.


♥♥♥


Cuando la luna por fin estaba en lo alto del firmamento, el grupo aparcó el coche en las cercanías del embalse. Con cuidado, sacaron todo lo necesario del maletero —dejando a Agapito al cuidado del resto dentro del vehículo—, y con las mochilas cargadas a los hombros y cada cual con sus armas enfundadas, comenzaron el camino a pie hacia la zona de la cueva. La noche era cálida, incluso podría decirse que algo pegajosa debido a la humedad del ambiente, y gracias al silencio reinante, eran capaces de escuchar sus pisadas sobre la hierba como si estuvieran caminando en realidad por encima de un camino de gravilla. Todo parecía en calma, hasta el viento se había detenido, como si estuviese de su lado y hubiera decidido no soplar esa noche para no entorpecer su investigación.

Nacho, que iba delante del todo, apuntaba al suelo con la linterna para avisar a sus compañeras en caso de encontrar algún tipo de desnivel. Sarah, a su lado aunque un par de pasos por detrás, miraba a través de su tablet las imágenes que le iba mandando su cámara, en modo nocturno, adherida a un dron con forma de Altaria. Sonia y Keira iban detrás, atentas a cualquier sonido que pudieran escuchar. Pero por el momento todo parecía normal: no escuchaban nada extraño, la cámara, un poco más adelante que ellos, no captaba nada fuera de lo común, y el monitor térmico que Keira llevaba en su mano, tampoco mostraba cambios muy bruscos de temperatura. 

—Esperad —dijo de repente Keira, dando el alto a sus compañeros, con la vista puesta en la pantalla del monitor mientras lo movía poco a poco. Sí, justo más adelante, en lo alto de la colina que estaban subiendo, había algo—. Allí delante hay un punto frío.

—¡Bien, La Encantada existe! —exclamó Sarah, echando a correr colina arriba, sin dejar de manejar el dron desde la tablet—. ¡Sonia, Sonia, ven a hablar con ella!

—Por la Madre Luna, esta chica es imposible. —El hada, tras chasquear la lengua, retomó el camino, con paso rápido, para seguir la estela de su compañera, que se perdía en la oscuridad. Nacho, resoplando, le tendió la otra linterna que guardaba en el cinturón a Keira.

—Ve con ellas. ¿Tienes las bombas de sal por si acaso?

—Sí, tengo dos pequeñas en el bolsillo trasero —respondió la hechicera—. ¿Tú qué vas a hacer?

—Voy a investigar la orilla. Aunque cada vez las muertes se hayan acercado más hacia la cueva, no se ha separado de la orilla.

—Ten cuidado.

—Tranquila, tengo mis armas y mis garras. —Le dedicó una sonrisa, se reclinó a besar la frente de su compañera y se alejó colina abajo, dejando a Kei unos instantes allí parada, observándolo, antes de girarse, encender la linterna y seguir a sus compañeras.

Al llegar a los pies de la cueva, se detuvo a un par de pasos de Sarah y Sonia, que miraban con atención las enormes arcadas. Ella, que aún llevaba la cámara térmica en la mano izquierda, la levantó para buscar el foco frío, dando con él más rápido de lo que había pensado.

—Se está moviendo, está por allí arriba. —Señaló con la linterna hacia La Camareta—. Sonia, ¿podrás contactar con ella a través de la bola?

—Puedo —confirmó el hada, sacando la bola de cristal de su mochila y depositándola en la palma de su mano derecha. Con ella alzada, concentró la vista en la bola para crear la barrera que, de primeras, protegería su cuerpo de una intrusión a traición en caso de que el alma se sintiese atacada. Sarah cogió la cámara térmica de la mano de Kei para dejarle al menos una libre en caso de necesitar su magia, y apuntó hacia la cueva.

—Se ha quedado quieta, está detrás de una de las columnas.

—¿Cree que podemos verla? —preguntó Kei, mirando hacia Sarah, que se encogió de hombros.

—No lo sé, pero está justo detrás.

—Es una niña —dijo de repente Sonia, sin apartar la mirada de la bola, que empezó a flotar unos centímetros por encima de la palma de su mano—. Tiene… no lo sé, debe de tener doce o trece años. Es un alma antigua, lleva aquí muchos años atada. Su ropa es de principios del siglo XX. Es un camisón largo y está cubierto de manchas de sangre.

—Eso no tiene nada que ver con La Encantada —susurró Sarah.

—¿Quieres dejar las leyendas en paz?

—Jolín, Kei, es que nunca encontramos una leyenda real, siempre es otra cosa —se quejó la alquimista—. ¡Ah! Se está moviendo.

—Se acaba de asomar y… tiene marcas en el cuello. Y el pelo empapado. Creo que murió ahogada. —Sonia dio un par de pasos hacia adelante, sin dejar de mirar la bola, que se alzó unos centímetros más, como si ella misma buscase al alma—. No te asustes, no hemos venido a hacerte daño.

—Vuelve a moverse.

—Lo sé, Sarah, yo sí puedo verla. —El hada cogió aire de nuevo, con lentitud, e hizo levitar la bola un poco más—. ¿Cómo te llamas?

—¡¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!! 

Un grito de terror alertó a las tres muchachas, que se giraron de golpe. La bola, que hasta el momento flotaba casi a la altura del suelo de la entrada de la cueva, cayó con todo su peso sobre la mano del hada. En plena noche y allí, en medio de la naturaleza, parecía haber venido de todas partes y a la vez de ninguna, parecía haberlas rodeado para meterles el terror en el cuerpo. Y es que hasta que Kei no reaccionó, ninguna más lo hizo.

—¡Nacho!

Escuchar el nombre de su compañero, sí que consiguió ponerlas en marcha de nuevo, apresurándose a coger las mochilas que habían dejado en el suelo y a salir corriendo colina abajo, siguiendo siempre el camino de Kei con la linterna para evitar sufrir algún accidente. 

Al grito de puro terror le siguió un llanto amargo, súplicas que se perdían entre sollozos, balbuceos y el propio entorno. Las frenéticas pisadas de las tres amigas ahogaban los jadeos que brotaban de sus propios pulmones: bajar a la carrera por una colina con las mochilas cargadas a la espalda no era cómodo ni fácil. Kei, aprovechó su mano libre para desenfundar su semiautomática, cargando la primera bala nada más llegar a un terreno más llano. Los gritos y el llanto se habían hecho más y más fuertes a medida que descendían, y las tres estaban seguras de que encontrarían la razón —y esperaban que al culpable— de aquello. Tras ponerse la linterna en la boca, alzó la mano para dar el alto a sus compañeras, tomando la pistola con ambas manos al ver que, a unos metros de ellas, justo en la orilla, estaba caída la linterna de Nacho, encendida y apuntando hacia ellas, lo que imposibilitaba que Kei pudiera ver bien en la lejanía. 

—¡Keira, aquí! 

Escuchar la voz de Nacho, aunque urgente, la hizo sentir tranquila. Estaba bien. Se quitó la linterna de la boca y salió corriendo, junto con Sarah y Sonia, hacia él. Nacho estaba en el agua y mantenía sujeto con un brazo el cuerpo inerte de un agente de la policía local, mientras que con el otro intentaba calmar a otra agente que no paraba de llorar y gritar cosas ininteligibles a esas alturas.

—¡Nacho! ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?

—¡La hostia! ¿Está fiambre? —preguntó Sarah, lo que consiguió que se ganase una colleja de Sonia—¡Ay!

—Ayúdame, lleva a la agente Villalibre a tierra mientras yo llevo el cuerpo del agente caído.

Keira asintió, enfundando el arma para acercarse a la pobre mujer que sollozaba para, con cuidado, dirigirla hacia la orilla a la vez que le susurraba palabras intentando tranquilizarla. Aprovechando la cercanía, conjuró un hechizo para generar calor, uno de los más básicos, calentando su espalda a medida que pasaba la mano por ella, secando, al hacerlo, el agua que empapaba su chaleco antibalas. Nacho, detrás, cargó con sumo cuidado el cuerpo del agente fallecido y lo depositó en el suelo una vez salió, dejando escapar un suspiro.

—No llegué a tiempo —susurró entonces el licántropo, sacudiéndose cual animal antes de acuclillarse al lado del cuerpo inerte de la víctima—. Cuando llegué su cuerpo flotaba en el agua.

—¿No has visto nada? —Nacho negó ante la pregunta de Kei, alzando la mirada hacia la agente, que permanecía con la vista clavada en el cuerpo de su compañero—. ¿Tiene alguna marca? ¿Algo…?

—No lo sé, no he podido verlo. Cuando iba a sacarlo ha aparecido la agente Villalibre y bueno, no he dado para más. —Kei le lanzó su linterna entonces, por lo que Nacho, tras cogerla y encenderla, comenzó a buscar por el cuerpo del agente marcas que pudieran darle alguna pista.

—Está muerto… muerto… le dije que no viniéramos, que no…

—Tranquila… Respira hondo, ¿vale? Mírame. —Kei se colocó delante de la agente, aún en shock, posando las manos sobre sus hombros y obligándola a que la mirase—. Mírame, ¿vale? A mí, aquí, a los ojos. Respira conmigo, despacio.

—Chicos…

—No es el momento, Sarah —la regañó Sonia, pero la alquimista negó con fuerza. 

—Se acerca algo. Hay un punto caliente que viene a toda hostia. ¡Nacho, justo detrás de ti!

Todo pasó muy deprisa. Kei se giró hacia su compañero y, a pesar del repentino ataque, fue capaz de levantar un pequeño escudo mágico justo detrás del licántropo. Pero no fue suficiente. Un envite, con una fuerza mágica descomunal, no solo consiguió resquebrajar y romper en mil pedacitos el escudo, sino que lanzó por los aires a todo el grupo, con los agentes incluidos, cayendo varios metros más atrás. Sonia, como pudo, agarró a la agente Villalibre antes de que pudiese golpearse con alguna piedra en la cabeza, mientras que Sarah se encargó de atrapar a Keira al vuelo. Nacho, por su parte, fue el más perjudicado, ya que la onda le dio de lleno en la espalda y acabó rodando varios metros, quedando tirado en el suelo con el cadáver sobre su cuerpo. Durante unos segundos, quedó tumbado boca abajo en el suelo, con tal ardor en toda la espalda que pensó que la piel se le estaba derritiendo.

—¡Nacho! —gritaron sus tres compañeras, pero este alzó la mano, intentando calmarlas.

—Estoy bien.

Se incorporó, gimiendo por el dolor que recorría cada célula de su espalda, apartando el cadáver del agente y se giró hacia el lugar donde segundos antes habían estado parados. Allí, de pie, había una figura alta, vestida con un camisón tan fino y volátil que remarcaba cada una de sus curvas cada vez que el aire se movía. Su cabello, negro como el ébano, danzaba al mismo son, cubriendo parte de su rostro y dejando a la vista tan solo el brillo sanguinolento de dos ojos carmesí. 

Al verla, la agente Villalibre se desmayó en los brazos del hada, que la dejó con cuidado en el suelo.

—Eso no es un fantasma —murmuró Sarah, tragando saliva.

—Marchaos —gruñó Nacho, apretando los puños.

—Nacho, no…

—¡Que os larguéis! —Keira dio un paso hacia atrás, sobresaltada, al escuchar la orden de su compañero—. Llevad a la agente y el cadáver a un lugar seguro. Yo la entretendré. ¡Rápido!

Keira estuvo dispuesta a decir algo más, a frenar a su compañero, pero antes de poder hacerlo, Sarah la agarró de la muñeca y tiró con suavidad de ella. Sí, lo primero eran la mortal y el cadáver que, por desgracia, alargaría la lista de asesinados por La Encantada. Luego volvería a por Nacho. Le gustase a él, o no.

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