Tal y como Marian les había dicho, en el aparcamiento del Tribunal había un siete plazas dispuesto para ellos. Normalmente, para un solo grupo de acción no solían ceder un coche tan grande, pero su jefa conocía bien la cantidad de aparatos —y sus dimensiones— que Sarah llevaba encima para las misiones. Como siempre, Keira fue la primera en llegar. Ya era habitual que lo hiciera, más que nada porque tenía que ir allí a por las armas para subirlas al coche, así que era la encargada de recoger las llaves del vehículo. Se detuvo con su maleta rosa pastel con flores blancas frente al coche, y tras abrirlo, comenzó a plegar los asientos traseros para dejar más espacio en el maletero, subiendo después su maleta para acomodarla al fondo del todo.

—No me han puesto ningún problema. 

Al escuchar la voz de Armie, se giró con una sonrisa, observando a su novio acercarse con la bolsa de las armas echada a la espalda y el cinturón con las distintas municiones colgado del brazo. Al verlo, dio un par de palmaditas junto a un par de saltitos y se acercó a él, poniéndose de puntillas para podar darle un breve beso en los labios.

—¡Ayyyy, muchas gracias, amor! No tenías por qué haber venido, que es muy temprano todavía. Dame, que lo guardo todo atrás. 

—Sabes que no me importa ayudarte. Además, tampoco es tan temprano: mis clases empiezan a las diez, así que puedo aprovechar para ejercitarme en el gimnasio del Tribunal, que me estoy quedando fofo.

—¡Armie, eso es mentira! —exclamó ella, quitándole las municiones para acomodarlas al lado de las armas, girándose de nuevo hacia su novio con los brazos en jarras y el ceño fruncido. Keira era más bien bajita, de un metro cincuenta, y su rostro dulce, de grandes ojos aguamarina, combinados con su cabello ondulado caoba, le daban el aspecto de una chica más joven de lo que era, por lo que verla enfadada solía ser más gracioso que amenazador. Sobre todo para su novio.

—Vale, vale, no lo volveré a decir —contestó él, alzando las manos antes de acercarse a ella y reclinarse para darle un beso—. Voy a echarte de menos, duendecilla.

—Y yo a ti, señor profesor —contestó, abrazándose a su cuello y dándole un par de besos antes de quitarle las gafas, entre risas—. Espera, que si no se te empañan y se te ensucian. Y un Tutor no puede ir con las gafas sucias a clase.

—Antes voy a… —No le dio tiempo a continuar, porque la muchacha le robó un nuevo beso, entre risas.

—¡Puaj! Idos a un hotel.

La pareja se separó, girándose hacia Sarah, que había dejado un enorme macuto en el suelo, al lado de un carro de maletas parecido al que se usaban en los aeropuertos, lleno de un montón de aparatos, la mitad de los cuales seguro que ni usarían. A su lado, el robot con forma de pingüino, trataba de quitarse una pajarita verde chillón que Sarah le debía de haber puesto esa misma mañana, pero entre que con sus aletas apenas llegaba al cuello, y que le era imposible agarrarlo, parecía más que frustrado.

—Agapito, deja de intentar quitarte la pajarita, que vamos de misión y tienes que estar guapo —le reprendió la alquimista, dándole un golpe en la aleta. El robot soltó una exclamación, girándose con sus patitas hacia ella y alzando la cabeza desafiante.

—¡Deja de llamarme así, niñata! ¡Y quítame esta jodida horterada!

—Huyyy, esa boca, Agapito, a ver si voy a tener que cerrártela con cinta aislante.

—¡Buenos días Sarah, Agapito! —Tras separarse de Armie, Keira corrió a abrazar a su compañera, antes de agacharse a hacer lo mismo con el robot que, encantado, se dejó mimar.

—¿Ves? Tú sí que sabes cómo tratar a un hombre, preciosa. ¿De verdad que prefieres a ese cuatro ojos antes que a mí? —preguntó el pingüino, consiguiendo que sus ojillos negros brillasen gracias al tono rojo de sus leds interiores. Keira rió, posando la mano sobre la cabeza del robot.

—Ay, qué gracioso eres. —Luego miró hacia su compañera, arqueando ambas cejas—. ¿Y Sonia? ¿No viene contigo?

—Sí, pero ha entrado a por un tablero antiguo de Ouija por si acaso. Dice que el suyo es demasiado moderno o no sé qué. —Se encogió de hombros mirando luego hacia Armie con una sonrisa maliciosa—. Y tú qué, señor Tutor, ¿tu club de fans sigue creciendo? Mira que como hagas algo malo a Kei, le digo a Agapito que te pique las pelotas.

—¡No pienso hacer esa guarrada, niña!

—No te preocupes, Sarah. —Armie se acercó hacia su novia, rodeándola con cuidado por los hombros para besar su frente—. Nunca haré nada que haga daño a Keira.

—Ay, Armie, eres el mejor —contestó Kaira, sonrojada, mientras se abrazaba a su cintura y le daba un beso en el pecho sobre la ropa.

—Puaj, si es que dais mucho asco —se quejó Sarah entonces, abriendo el maletero para empezar a meter todas sus cosas, que no eran precisamente pocas.


A las nueve y cinco, el coche salió del aparcamiento del Tribunal camino a Albacete. Al final, tal y como lo habían hablado el día anterior, Nacho tomó el papel de conductor, con Keira a su lado, mientras que Sarah, Sonia y Agapito iban en la parte de atrás. En cuanto pudo, la hechicera, aprovechando que iba de copiloto, conectó su móvil al coche, encendió Spotify y enseguida la voz de Lola Índigo viajó por todo el coche con su Mujer Bruja. Tenían una ley en el coche, y era que el copiloto siempre se encargaba de poner la música y que el resto no podía decir nada —por eso se turnaban—, así que Sarah se puso unos tapones en los oídos para echarse a dormir hasta que llegaran a su destino, mientras que Sonia, a su lado, estaba tan concentrada en la copia de un libro antiguo sobre leyendas de Castilla que ni siquiera le molestaban los cánticos desafinados de Keira.

—El sábado deberíamos hacer noche en Las Camarillas —dijo Nacho un buen rato después, mirando a través del retrovisor hacia Sonia, que pareció sentirse observada porque al instante alzó la cabeza, mirando a su compañero—. Ya sabes, por la Noche de San Juan.

—Sí, eso lo había pensado ya —respondió el hada, cerrando el libro con cuidado tras dejar el marcapáginas para señalar dónde se había quedado—. ¿Crees que aparecerá La Encantada?

—Como dije ayer, las historias que vienen de siglos atrás suelen ser retazos de lo que una vez pasó, a veces simples cuentos de viejas, otras sucesos reales, con almas reales pero que ya han atravesado el velo.

—Entiendo. —Se quedó un instante en silencio, mirando hacia el techo del coche. La música sonaba mucho más baja que al principio, ya que Keira, al final, había caído rendida y dormitaba en el asiento del copiloto—. Pero nos vendría bien su ayuda. 

Cerca de las doce de la mañana, los cuatro entraban por fin en el apartamento que El Tribunal había alquilado para ellos cuatro en pleno centro de Albacete. Era un piso acogedor, y de hecho a Keira le recordó mucho al piso de su abuela, al que solía ir de vacaciones cuando era más pequeña. Sarah fue la primera en salir corriendo hacia el interior tras dejar caer al suelo su enorme mochila, cotilleando todas y cada una de las habitaciones. Al lado de Keira, Agapito hizo un pequeño ruido con su pico metálico, imitando el chasquido de una lengua, mientras negaba con su cabecita.

—Esta niñata no tiene modales.

—Vamos, Agapito, solo está feliz —la defendió Kei, con una sonrisa.

—¿Y tú tenías treinta años cuando te atropellaron? —preguntó entonces Sonia, pasando a su lado para dejarse caer en el sofá—. Eres un cascarrabias.

—Habló la alegría de la huerta —contestó el pingüino, mirando hacia el hada—. A veces dudo que tengas alma ahí dentro, niña fantasma.

—¡Hay tres camas! —exclamó Sarah, entrando a la carrera para lanzarse sobre Keira, la cual no la vio venir, así que las dos hechiceras acabaron cayendo de culo al suelo—. ¡Me pido dormir con Kei, que es pequeñita!

—¡Au, me has hecho daño en el pompis, Saraaaaah!

—Dios mío, es como estás rodeado de niñatos. —Nacho, al pasar al lado del robot, le dio un pequeño puñetazo en la cabeza—. ¡Eh, tú, métete con alguien de tu tamaño, abusón!

—¿Podéis dejar de hacer el idiota de una vez y llevar las cosas a las habitaciones? Porque os recuerdo que en una hora hemos quedado con Javier y Alba, los chicos que contactaron con Marian.

—Síííí —respondieron los tres al unísono. Así que tras levantarse del suelo, Keira y Sarah cogieron sus cosas para ir a la habitación que ocuparían, cosa que Sonia y Nacho imitaron, ya que aunque no compartirían cama, sí dormirían en la misma habitación.

Por fin, una vez acomodados y tras convencer al robot de que lo mejor que podía hacer era quedarse en esa casa para no dar el cante por toda la ciudad, los cuatro compañeros subieron al coche de nuevo y, tras poner el GPS, se dirigieron al lugar donde habían quedado. Se encontraba un poco a las afueras de la ciudad, cerca del centro comercial más grande y conocido de Albacete: Imaginalia. Aparcaron en plena calle —cosa que por suerte no les costó mucho a pesar de ser un coche tan grande—, y se encaminaron, ya a pie, al restaurante Los Cuentos.

—Deben de ser ellos dos —dijo Nacho cuanto estuvieron a pocos metros de la puerta del restaurante, señalando a una pareja que hablaba de manera animada frente a la puerta.

—Pues no me suenan de nada. ¿De verdad son del Tribunal

—Nadie ha dicho que fueran del Tribunal, Sarah, sino que conocían a alguien del mismo. —Sonia dejó escapar un suspiro, mirando hacia la pareja y asintiendo, como si les estuviera dando su aprobación.

En cuanto estuvieron cerca, ambos se giraron antes incluso de que pudieran decirles nada, con una amable sonrisa en sus rostros. Alba se acercó primero, recolocándose las gafas sobre el puente de la nariz antes de hablar.

—¡Hola! Vosotros debéis de ser los chicos de Marian, ¿verdad? —Los cuatro asintieron a la vez, así que ella se acercó a darles dos besos a cada uno, alegre—. Yo soy Alba, encantada, y él es Javi.

—Encantado, chicos. ¿El viaje bien?

—Muy bien, la verdad —contestó Keira, juntando las manos frente al pecho—. ¡Esta ciudad es muy bonita! Es como un pueblecito grande, ¡me encanta!

—Si tenéis tiempo, después podemos enseñaros la ciudad —propuso Alba, con una sonrisa—. Os llevaremos de tapas y vais a alucinar con lo buenas que están.

—A mí ya me has ganado —contestó Nacho, con una amplia sonrisa, a lo que Javi se carcajeó, dándole una palmada en el brazo.

—Aquí vas a comer hasta hartarte, ya lo verás. —Miró luego a las chicas, haciendo una señal con la cabeza hacia la puerta del restaurante—. Vamos entrando, que tenemos reserva y mucho de lo que hablar.

Una vez acomodados, con la mesa repleta de comida y habiéndose conocido un poco más —Alba, sobre todo, sentía curiosidad por saber a qué se dedicaba cada uno—, la pareja se miró, poniéndose seria y asintiendo de manera casi imperceptible antes de comenzar a hablar.

—Supongo que Marian ya os habrá contado que fuimos nosotros los que contactamos con El Tribunal. —Ante sus palabras, los cuatro compañeros asintieron en silencio, degustando la comida que les habían colocado delante pero prestando atención al humano—. Tenemos una amiga dentro, y aunque se supone que no deberíamos conocer su existencia, ya nos ayudó en una ocasión, así que pensamos que este caso… bueno, requería de algo más que una investigación policial.

—Además —continuó Alba tras dar un trago a su bebida—, uno de los chicos asesinados era conocido nuestro. No es que tuviéramos una relación muy cercana, pero sí lo conocíamos. Y… todo en el caso es muy extraño.

—Eso hemos visto —dijo entonces Sonia, asintiendo con un movimiento suave y ceremonial—. Causas de las muertes desconocidas, no hay indicios de ahogamiento, sus cosas estaban en la orilla...

—¡Jesús, qué horror! Lo siento mucho. —Kei, con una expresión triste, alargó la mano hacia Alba, con cuidado—. Nosotros mejor que nadie sabemos lo terrible que es perder a alguien cercano, aunque sea un conocido.

—La verdad es que es aterrador —respondió Alba, suspirando y apretando agradecida la mano de Keira—. Pensar que hay algo por ahí suelto que mata sin compasión, y que ni siquiera los que deberían protegeros puedan hacerlo…

—Bueno, para eso estamos nosotros, para dar caza a aquellos que los mortales no son capaces de atrapar. —Con tranquilidad, Sonia se llevó la copa a los labios, dándole un trago con calma.

—En verdad ese es el trabajo del Círculo. Nosotros deberíamos dedicarnos solo a ayudar a las almas perdidas a atravesar el velo —apuntó Nacho, encogiéndose de hombros.

—¿Y por no ser un alma en pena vamos a dejar que ese ser siga matando? —La mirada de Keira, con su ceño fruncido, hizo que Nacho diese un bote en su sitio, negando—. Bien. —Cambió de nuevo su expresión a una sonriente, volviendo la vista hacia Alba y apretando su mano—. Deja esto en nuestras manos: ese ser, sea lo que sea, no va a volver a matar a nadie.

—Lo que sí… tengo unas cuantas preguntas. —Todas las miradas fueron hacia Nacho que, tras terminarse un buen plato de rabo de toro, carraspeó, mirando hacia la pareja—. ¿Todos murieron en el mismo lugar? —Javi fue a abrir la boca, pero Nacho alzó la mano, pidiendo que esperase—. No me refiero a que fuera en el embalse, sino a las inmediaciones del mismo sitio, en un rango de… no sé, unos diez metros.

—Lo cierto es que no. Todas han sido en la orilla del embalse, pero los cadáveres se han encontrado cada vez más cerca de la zona de la cueva de La Camareta. Mirad. —Javi sacó entonces un folio, dibujando sobre él más o menos el mapa del embalse y su unión con el río Mundo—. El primer cadáver se encontró aquí, tumbado en la orilla y cerca del camino del embalse. Aquí es donde se une con el río, y aquí donde encontraron el cadáver.

Los cuatro compañeros se echaron hacia adelante, cosa que Nacho aprovechó para echar mano de un par de pinchos morunos que nadie había tocado aún, llevándoselos a la boca.

—El segundo fue encontrado aquí, un poco más al norte. El tercero aquí arriba y el cuarto casi a los pies de la colina que lleva a la cueva.

—Por eso las gentes de los pueblos achacan todo esto a la maldición de La Encantada —añadió Alba—. No pensamos que sea ella, pero a lo mejor otro fantasma...

—Los fantasmas no matan. —Sonia se cruzó de brazos, haciendo tintinear las pulseras de plata y piedras de sus muñecas—. Ni tienen rangos de acción tan amplios. Un alma perdida en este lado del velo está atada a un lugar o a una persona, y eso le da un rango de movimiento más bien pequeño. Además, solo son capaces de mover objetos si la concentración mágica de ese alma es muy fuerte. Las películas han lanzado tantos bulos sobre ellos que ahora el mundo confunde demonios con fantasmas y apariciones.

—¿Y las posesiones? —preguntó Alba, arqueando ambas cejas.

—Demonios —respondió Nacho, tragando un par de trozos de patata que se había metido en la boca—. Las almas sólo pueden entrar en los cuerpos de aquellos que se lo permiten. Un demonio puede hacerlo con facilidad sin que el mortal se dé cuenta.

—Entonces… 

—Entonces lo que está matando en el embalse no es La Encantada —cortó Sonia, mirando hacia Alba—. No sabemos lo que es, pero puedo aseguraros que no es un alma atrapada en este mundo. El mal rara vez viene de manos del otro lado del velo: es tan real y tangible como nosotros.

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