Por fin tenía sus cinco adorados días de descanso. Tras unas cuantas guardias nocturnas en la comisaría —tranquilas, eso sí, no iba a negarlo—, le tocaba descansar, recuperar fuerzas y, sobre todo, dormir. Porque otra cosa no, pero a Nacho le encantaba dormir. Y para él era un placer especial poder decir que era miércoles y levantarse a las dos del mediodía tras haber dormido cerca de catorce horas. ¡Ahhhh, dios, qué gusto! Lástima que estaban ya en pleno junio y las noches empezaban a ser algo calurosas en Madrid. Aun así, se levantó con una sonrisa en la cara, se estiró y se metió en la ducha mientras de fondo sonaba Lose Yourself de Eminem. Aquella canción le recordaba a su infancia, cuando su hermano mayor, Javi, lo llevó al cine con tan solo seis años a ver 8 Millas. La película le impactó tanto, que su música le había acompañado durante toda su vida.

Una vez fuera de la ducha, con la toalla alrededor de la cintura y buscando en la nevera, llena hasta los topes, qué hacerse para comer, el tono de llamada de su móvil comenzó a sonar. Extrañado, porque a aquellas horas no solía llamarle nadie, empujó la puerta para que se cerrase antes de coger el aparato de la encimera. En la pantalla se podía ver el nombre de Marian, su jefa de acción, lo cual solo podía significar una cosa.

—¿Vas a fastidiarme mis días de descanso? —preguntó nada más descolgar. Pero pese a su pregunta, en verdad estaba sonriendo: no había otra cosa que le gustase más que pasar los días investigando algún fenómeno extraño.

—Buenos días para ti también, Ignacio —respondió Marian al otro lado tras carraspear. Qué mal le sonaba que le llamasen Ignacio en vez de Nacho—. Sí, tengo una pequeña misión para vosotros, así que te espero en media hora en El Tribunal.

—¿Media hora? ¡Si aún no he comido!

—Está bien, en una hora.

Nacho puso los ojos en blanco y suspiró, respondiendo con un gruñido a su jefa. Bueno, al menos podría calentarse un trozo de empanada de León que le había enviado su madre esa misma semana, y coger el autobús a tiempo de llegar hasta El Tribunal.

—Allí me tendrás.

Colgó el teléfono y, tras estirarse, volvió a abrir la nevera para pasarse otros cinco minutos perdiendo el tiempo buscando entre toda la comida dónde demonios había dejado el taper con el último trozo de empanada de carne de su madre.


A las cuatro menos cinco, Nacho ya estaba pasando por las puertas del Palacio de Linares para descender al despacho de Marian. El Tribunal de las Almas llevaba años, o puede incluso que siglos —nadie lo sabía con certeza—, actuando en Madrid para ayudar a las almas perdidas a cruzar al otro lado y atrapar a aquellas maliciosas criaturas que alimentaban las leyendas locales con su propia presencia para molestar o asustar a los humanos. Durante siglos y desde que todas las criaturas mágicas habían tenido que huir de sus tierras por las persecuciones religiosas, aquellos grupos que se negaron a dejar sus hogares habían logrado mimetizarse y adaptarse a la sociedad humana y sus cambios hasta el punto de formar parte de la misma. Sin embargo, la continua aparición de magos entre los humanos, la persecución de los mismos por parte de los grupos de mortales más radicales y el constante miedo de las criaturas a ser descubiertas y ajusticiadas, desencadenó en la creación de los llamados Círculos Mágicos, organizaciones donde los magos y las criaturas no sólo podían sentirse a salvo, sino en las que se entrenaba a todos aquellos que lo desearan para mantener la paz entre humanos e hijos de la magia. Con el tiempo, y dado que El Círculo obviaba por completo a las almas en pena, en colaboración pero fuera de su jurisdicción, apareció El Tribunal de las Almas. Nadie conocía El Tribunal, nadie podía entrar en él salvo que los propios jefes de acción contactaran con la criatura o mago en cuestión y siempre tras cerciorarse de que había una verdadera conexión entre dicha persona y el mundo de la muerte. Así que allí, bajo el conocido Palacio de Linares, se encontraba un edificio anexo, subterráneo, desde el que se cuidaba todo lo referente al otro lado del velo.

Tras mostrar su muñeca izquierda, donde se iluminó en un precioso tono azulado la marca de su grupo de acción, Nacho traspasó las puertas de acceso hacia la entrada del complejo, donde Sonia, una de sus compañeras, hablaba de manera calmada con… ¿la nada? Se acercó hacia ella y, con cuidado, posó la mano sobre su hombro para no asustarla. Esa mañana, aparte de su habitual olor al rocío de la noche, llevaba unas gotas de jazmín y… sí, llevaba escondida una bolsita con hojas y pétalos de dedalera, estaba seguro.

—¿Con quién hablas, Sonia? 

La muchacha giró el rostro lo justo para poder mirarle con sus ojos azul cristal y su expresión tranquila, antes de volver la mirada al frente, totalmente relajada.

—Rai se aburría y ha bajado a hablar un rato —contestó ella. Al escucharla, su mirada viajó de manera automática a su mano izquierda, la cual tenía alzada y sobre la que reposaba una gruesa bola de cristal. Sonia era la médium de su grupo de acción, así que ella era la única capaz de hablar y ver a las criaturas del otro lado del velo. Y tras los años que llevaban allí, no había nadie que no conociese, de un modo u otro, a Raimunda.

—¡Cuánto tiempo sin verte por aquí, Raimundita! —exclamó entonces él. No podía verla, ni oírla, pero sabía que el fantasma seguía allí, atado durante siglos a las paredes de aquel palacio.

—Dice que se alegra de verte a pesar de que sabe que tú no puedes verla —respondió Sonia, haciendo girar un poco la bola en su mano—. Rai, tenemos que dejarte porque Marian nos ha llamado. —Se quedó unos segundos en silencio, escuchando, antes de asentir—. Sí, seguro que Paloma está libre. Hasta luego.

Sonia se guardó entonces la bola en el bolsillo y se giró del todo hacia Nacho. Al licántropo siempre le había fascinado que su compañera fuera casi tan alta como él. Vale, sí, con su metro noventa y cinco le sacaba diez centímetros más o menos al hada, pero no solía ser lo habitual. Sonia le caía bien, aunque en un principio, cuando los presentaron para formar su grupo de acción, le había conseguido provocar escalofríos: entre su expresión siempre hierática, sus ojos azules tan claros que casi parecían de cristal y esa manía de quedarse con la mirada perdida en la nada, observando el fino velo que dividía la vida de la muerte, era una chica que a veces llegaba a incomodar a los que no la conocían. Sin embargo, con el tiempo, había llegado a conocer y a apreciar cada una de sus manías y ya no se imaginaba las misiones sin tenerla al lado.

—¿Te has cortado el pelo? —Alargó una de sus manos hacia el cabello del hada, el cual rozaba con timidez sus hombros.

—Sí. Este año el calor va a ser sofocante, así que quiero adelantarme.

Y sin decir nada más, la muchacha se giró y comenzó a caminar hacia el pasillo que llevaba a los despachos. Antes de seguirla, y con un suspiro, Nacho miró a su alrededor, más concretamente a las escaleras que daban acceso a las aulas donde las nuevas almas estaban siendo instruidas. No hacía mucho que él había estado allí, en esas clases, aprendiendo con los tutores todo lo necesario para desempeñar su trabajo. Y a pesar de que le gustaba mucho salir de misiones, ya sentía cierta nostalgia por esa época tan tranquila y divertida.

—¿Recordando tiempos mejores?

Dio tal bote en el sitio del susto al escuchar una voz a su espalda que la risa de la sacerdotisa consiguió hacerle enrojecer mientras posaba la vista en ella. Neftis era… bueno, para él era como la representación de la diosa cuyo nombre portaba. No muy alta, voluptuosa, de piel tostada y cabello negro como el ébano. Sus ojos, almendrados y verdes, siempre parecían brillar con luz propia, y sus labios, rojos y brillantes como una fresa, le llamaban a gritos. Pero lo que más le enloquecía era su aroma: el olor a jazmín se combinaba siempre con unas sutiles notas de lirio. Ese día llevaba la larga melena suelta, con varios mechones adornados con hilos y bolitas de oro, que lo hacían brillar. Al hacer calor, llevaba una vaporosa falda blanca, a través de la cual se transparentaban sus firmes piernas —la derecha con lo que parecía el tatuaje de una enredadera dorada ascendiendo hasta su muslo, y en la izquierda uno igual, en negro, que apenas rozaba su tobillo—, y un top más opaco, cuyos bordes, a juego con los de la falda, combinaban franjas rojas, azul oscuro y azul claro separadas y enmarcadas por hilo de oro. Sí, era como ver a la propia diosa Neftis caminando entre mortales. La chica le observaba, con la cabeza alzada hacia él y una sonrisa en los labios, mientras él, sin embargo, era incapaz de articular palabra.

—Siempre que paso por aquí me sucede lo mismo —continuó Neftis, mirando hacia lo alto de las escaleras y dejando escapar un breve suspiro—. Hace tres años que dejamos de ser Nuevas Almas, pero me sigue pareciendo que fue ayer.

—Ah… sí, claro —respondió Nacho por fin, llevándose la mano a la nuca, nervioso. Neftis había dado un par de pasos hacia él y su sutil aroma, tan personal, estaba consiguiendo acelerar el ritmo de la sangre que recorría su cuerpo—. Es… siempre me acuerdo de la primera vez que entré.

—Me pasa lo mismo. —Su risa cantarina consiguió que su corazón diese un vuelco. ¿Por qué tenía que ser tan hermosa en todos los aspectos? ¿Y por qué olía tan bien? Nadie en todo El Tribunal tenía ese aroma entre exótico, dulce y excitante que lo volvía loco—. ¿Nueva misión?

—Eso parece.

—Nosotras acabamos de terminar una. Hemos conseguido que los espíritus de una pareja de ancianos abandonaran por fin la que fue su casa en vida. 

—Entonces todo ha ido bien, ¿no?

—Todo perfecto. —La sonrisa de Neftis fue aún más amplia, y en el momento en el que la sacerdotisa alzó la mano para posarla sobre su brazo, Nacho sintió una descarga que recorrió cada fibra de su cuerpo. En ese momento se alegró de ir en media manga para poder sentir el suave tacto de su piel—. Seguro que a vosotros os va también muy bien.

—E-eso espero.

—¿Nacho, vienes o qué? 

Los dos se giraron al escuchar una tercera voz a lo lejos. Sonia estaba esperándolo, con los brazos cruzados, en la puerta de acceso a los despachos. Mierda, se había olvidado de su compañera. Volvió a mirar a Neftis, que se giró hacia él con la misma sonrisa de antes y, muy a su pesar, se despidió de ella para acudir a la llamada del hada. Nada más llegar, Sonia puso los ojos en blanco antes de traspasar la puerta.

—Qué tonto te pones cada vez que la ves o la hueles. No entiendo a los humanos.

—No me pongo tonto, es que… tiene algo que me bloquea. Y no soy humano, soy…

—Ya, ya, un licántropo —se adelantó ella, moviendo la mano para quitarle importancia—. Es lo mismo, los licántropos no sois más que humanos que desafiaron a la luna.

—¿Las hadas del destino siempre sois tan bordes o es cosa tuya?

—Según Sarah es mi encanto personal.


Al llegar frente a la puerta del despacho de Marian, la encontraron entreabierta, así que Nacho empujó con cuidado, cediendo el paso primero a Sonia y entrando detrás. Allí, dentro, Marian estaba sentada tras su mesa, siempre elegante vestida con su traje de chaqueta, su cabello castaño bien peinado y suelto y las gafas caídas sobre el puente de su nariz. Marian era la jefa de acción más joven del Tribunal, y tenían la suerte de que fuese su jefa. Era tranquila, metódica y no se rendía ni se echaba hacia atrás cuando una misión parecía difícil de llevar a cabo. Se preocupaba mucho por ellos, sobre todo por sus grupos de acción más jóvenes, pero eso no hacía que fuese menos dura con ellos. Y no solo eso, sino que comprendía las ventajas de las nuevas tecnologías y que el mundo cambiaba mucho más rápido de lo que lo había hecho en el siglo anterior. Les solía dar mucha manga ancha —sobre todo a Sarah y sus inventos—, y sabía recompensar el trabajo bien hecho.

—Por fin —dijo nada más verlos entrar—. Podemos empezar con la reunión.

Sentadas ya en dos de las cuatro sillas que había frente a la mesa de Marian, estaban sus otras compañeras: Sarah y Keira, la cual se levantó nada más verlos, lanzándose a los brazos de Sonia primero, y de Nacho después.

—¡Hacía dos semanas que no os veía! —exclamó, agarrada a la cintura de Nacho y mirando hacia arriba con tanto ímpetu que por un momento pensó que se descoyuntaría—. Os he echado de menos.

—Y yo a ti —respondió, posando la mano sobre su cabello caoba. 

—Vaaaaa, sentaos, que he dejado a Agapito solo en casa —se quejó Sarah, echando hacia atrás cabeza, apoyándola sobre el respaldo de la silla, lo que Nacho aprovechó para, tras soltar a Keira, besar su frente y sentarse a su lado.

—Como destroce algo, me lo cargo. —Sonia se dejó caer en una de las sillas, cruzando sus piernas bajo su largo faldón negro.

—Aún se está adaptando a sus nuevas funciones. ¡No se lo tengas en cuenta! —se quejó Sarah, hinchando los mofletes.

—La última vez que le instalaste una nueva función, las cortinas de casa acabaron ardiendo y casi tienen que venir los bomberos.

A pesar del tono más bien enfadado del hada, Sarah se echó a reír al recordar aquello, y es que lo más divertido para ella fue ver a su querido robot en forma de pingüino —y casi tan grande como un niño de tres años—, dando vueltas por la casa aterrado, gritando que iban a morir todos y agitando sus alitas como si quisiera echar a volar.

—Bien, ahora que estamos los cuatro, podemos empezar. —Marian alzó la mano, casi de manera despreocupada, y al instante la puerta se cerró por completo, empujada por una suave corriente de aire que la propia hechicera convocó—. Hemos recibido una llamada de una persona de confianza para hablarnos de un tema bastante curioso. Cuatro asesinatos en apenas un par de semanas en Las Camarillas, Albacete.

—Y supongo que no tendrán ni idea de la causa de la muerte —dijo Nacho.

—Uhhhh, esto pinta bien. —Sarah se frotó las manos, hasta que Sonia le dio una colleja—. ¡Eh!

—Un poco más de sensibilidad.

—Joder, y me lo dice la que nunca entiende las emociones —se quejó la alquimista, hinchando los mofletes.

—¿Puedo continuar? —Los cuatro jóvenes asintieron ante la pregunta de su jefa, la cual suspiró antes de seguir con la explicación—. Las causas de la muerte son desconocidas: sin heridas ni marcas de forcejeo, ningún paro cardíaco, fallo orgánico mortal y ningún signo de ahogamiento a pesar de encontrarlos flotando sobre el pantano,... nada. Todos reúnen características similares: varones jóvenes, de entre veinticinco y treinta y cinco años, con buena condición física y todos encontrados con los ojos cerrados y una sonrisa en la cara. Lo único que se ha encontrado junto a sus pertenencias, la última vez, es un peine de oro tirado en la orilla.

—¡Oh, oh! —exclamó Sarah, alzando la mano—. ¡Ha sido La Encantada, seguro!

La Encantada solo aparece la noche de San Juan, Sarah —explicó Nacho, negando—. Además, no hay evidencias de que exista de verdad.

—¿Trabajas pillando fantasmas y no crees en una historia de fantasmas? Pffffff.

—Sarah, no es eso, es una leyenda que lleva siglos recorriendo España y…

—Ya, ya, ya, —La alquimista movió la mano, quitándole importancia—, podría ser un fantasma que ya ha cruzado al otro lado y mantenerse la leyenda. ¡Pero estaba el peine! ¡El peine, Nacho!

—¿Ha habido algún testigo? —se adelantó esa vez Keira, mirando hacia la jefa y dejando que sus compañeros siguieran con su discusión.

—Ninguno.

—Lo que yo he dicho —farfulló Sarah por lo bajo, frunciendo el ceño.

—La Noche de San Juan está cerca —dijo entonces Sonia, mirando hacia el techo con sus claros ojos entrecerrados—. Las energías del otro lado del velo son más poderosas a medida que se acerca.

—No os fiéis, podría ser una criatura y no un fantasma. De ser un alma…

—Habrían muerto de puro terror, habrían sido poseídos o se los podrían haber llevado al otro lado del velo —terminó Sonia, asintiendo—. Sea lo que sea, jefa, no es un alma, eso lo puedo asegurar. Pero eso no quita que no puedan ayudarnos.

—Por lo tanto, no puede ser La Encantada —añadió Nacho, asintiendo, a lo que Sarah contestó haciéndole burla.

—Aun así, eso no quita que podamos encontrarla esa noche en la cueva de La Camareta. Quizá, si existe y sigue allí, pueda contarnos algo.

—¡Esa es mi Sonia! —Sarah se lanzó sobre el hada, abrazándola contra sí entre risas.

—Bien, pues dicho esto, quiero que os armeis con todo lo necesario y salgáis mañana mismo para Albacete. Allí os estarán esperando dos amigos de confianza para guiaros por la ciudad.

—¿No vamos a Hellín? —preguntó Keira.

—Es mejor que las gentes del lugar no se alarmen —explicó Marian, sacando una carpeta del cajón para tendérsela a Nacho, que la cogió enseguida—. Ahí tenéis toda la información del caso: detalles de los cuerpos, un mapa del lugar, cómo contactar con Alba y Javier, dónde os alojaréis... Pondremos a vuestra disposición uno de los coches del Tribunal para que no tengáis que usar vuestros vehículos. Estará listo mañana mismo a primera hora en el aparcamiento en la plaza asignada para vuestro grupo.

—¡Genial, nos vamos de vacaciones! A Agapito le va a encantar —dijo Sarah, levantándose de un salto y estirándose—. Voy al laboratorio a ver si pillo armas, agua bendita, aceite sagrado que han traído los hermanos de Neftis y algo más que encuentre por ahí. Puede que no sea un fantasma vengativo, ¡pero podemos encontrarnos con alguno por el camino! ¡O a un demonio! Buah, lo que molaría encontrar un demonio y que Kei le cosiera a balazos de agua bendita.

—Yo recogeré las llaves. ¿Mañana a las nueve en la puerta del Palacio? —preguntó Keira, mirando a sus compañeros y pasando por completo de las palabras y los ruiditos de emoción de su compañera. Tanto el hada como el licántropo asintieron.

—Adiós a mis días de descanso y a dormir hasta las tantas —suspiró Nacho, estirándose todo lo largo que era.

—Y encima esta vez te toca conducir a ti, que la última vez lo hizo Sarah y temí por nuestras vidas.

—¡Keira, qué delicadita eres! ¡No fue para tanto!

—Casi te tragas dos camiones yendo de aquí al Monasterio del Escorial.

—Hala, otra exagerada. Nacho, diles a Sonia y Keira que no conduzco tan mal. ¡Mañana veréis como ni notáis que voy a más de la velocidad permitida!

—Mañana conduciré yo, no os preocupéis.

Y tras un quejido de Sarah y una exclamación de júbilo por parte de Keira ante las palabras de Nacho, el grupo salió del despacho para ir a preparar lo necesario. Tenían una nueva misión, y con San Juan a la vuelta de la esquina, estaban seguros de que iba a ser una misión bastante movidita.

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